Quizá debería plantearme la pequeña tragedia de las imposibilidades cotidianas. Un poco en la línea de lo que confesaba Abramovic. Aquello de que era capaz de inflingirse dolor para una performance y no sentirse afectada por ello pero que, sin embargo, algo tan simple como darse un trajo en el dedo cocinando podía hacerla llorar con aspereza, invadiéndola con la certeza de su irremediable fragilidad.
También habría que empezar a sentir, a valorar, los momentos en que estas micro-tragedias se esquivan. Abrazar con firmeza esos ocasionales golpes de suerte, para fortalecernos quizás. Aunque en el fondo tampoco dependan de nosotros demasiado.
De pronto recuerdo aquella vez, con N. Esa absurda noche en que decidió ir a buscarme en coche a casa de los niños a las tantas de la madrugada para darme una sorpresa, y yo, que salí pronto por casualidad no le llamé hasta que estaba saliendo del metro camino a casa. Siento un poco esa impotencia, ya casi disuelta por el paso del tiempo, y cómo me invadió tanta tristeza que, para que dejara de llorar, tuvo que contarme un cuento telefónico tras otro, hasta que al fin me calmé y me quedé dormida.
Rarezas. Momentos difíciles de clasificar cuando se están viviendo.
Es posible que en aquel momento pareciese desmesurada tanta tristeza. Pero ahora comprendo que no lloraba tanto su ausencia como la claridad de mi propia impotencia.
Visto así tiene bastante más sentido.
Recuerdo que ayer decía, por motivos distintos -porque no existían y hoy al menos son pequeños-, hablando conmigo misma entre dientes, eso de "Y de pronto, se me resfrió la risa"
También habría que empezar a sentir, a valorar, los momentos en que estas micro-tragedias se esquivan. Abrazar con firmeza esos ocasionales golpes de suerte, para fortalecernos quizás. Aunque en el fondo tampoco dependan de nosotros demasiado.
De pronto recuerdo aquella vez, con N. Esa absurda noche en que decidió ir a buscarme en coche a casa de los niños a las tantas de la madrugada para darme una sorpresa, y yo, que salí pronto por casualidad no le llamé hasta que estaba saliendo del metro camino a casa. Siento un poco esa impotencia, ya casi disuelta por el paso del tiempo, y cómo me invadió tanta tristeza que, para que dejara de llorar, tuvo que contarme un cuento telefónico tras otro, hasta que al fin me calmé y me quedé dormida.
Rarezas. Momentos difíciles de clasificar cuando se están viviendo.
Es posible que en aquel momento pareciese desmesurada tanta tristeza. Pero ahora comprendo que no lloraba tanto su ausencia como la claridad de mi propia impotencia.
Visto así tiene bastante más sentido.
Recuerdo que ayer decía, por motivos distintos -porque no existían y hoy al menos son pequeños-, hablando conmigo misma entre dientes, eso de "Y de pronto, se me resfrió la risa"
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