Buscar este blog

Cargando...

sábado 17 de diciembre de 2011

Des-ayunar frente al ordena-dor

Antes de despertar... Un momento de pausa. Volver a casa, de pronto. Sin más. Un aliciente inesperado que detiene y golpea mis prisas.

Demasiado ocupada para querer que el tiempo ruede a más velocidad. Sin embargo, ganas. Tantas ganas. Luchas otras allí, lejos. Tan cerca, en realidad. A tan pocos kilómetros de esta mesa que va a estallar de cansancio.

Pensar en no agredir, en evitar los encuentros frente a frente. Y, a veces..., darme cuenta de que hay una pequeña posibilidad de que no sea elección mía, de que no agredir, no responder, sea también no defenderse.

Ganas de gritar, de decir todo lo que me ronda la frente. Pero no hay rabia, ni angustia. No. Sólo esta necesidad creciente de evidenciar que nada de esto tiene sentido. Que no se puede ir por la vida creyéndose el único. Que no. Que no. Que así la vida se avinagra para todos.

A: Y si no... ni siquiera importa.

B: Espera. Sí importa. Claro que importa. En el momento en que nuestros tímidos sonidos se redoblan para vengarse suavemente, cuando de pronto una frase que pone a prueba nuestro interés no va seguida de una muestra de entusiasmo por nuestra parte... queda claro que hay algo que sí tiene importancia.

A: Que frena las manos haciendo que se acaricien dulcemente, mientras piensan. Planeando algún astuto plan irreverente.

B: Los planes serían llevados a cabo si existieran, eso lo sabes. Resulta que algo falla en esta imaginación nuestra. Está cansada de imaginar posibles idiotas. No se traba las ideas. O hace o no hace. Y el resto del tiempo respira. Sin más.

A: Tengo que reconocer que este asunto ni siquiera me preocupa demasiado. Empiezo a elucubrar... ¿y si la experiencia me ha dotado de calma, de aguante pseudo-infinito ante este tipo de estrés?

B: Puede ser. La verdad es que yo también navego en una especie de tibia indiferencia.