Condenada a tener siempre la última palabra, a esperar respuestas que nunca llegan. Sólo yo tengo la culpa. No soy capaz de callarme. Siempre tengo que decir algo más. Se me ocurren respuestas a todas las preguntas.
-Eso no significa que sean buenas respuestas.
-La réplica es el camino más fácil para quien quiere justificarse y, de un plumazo, huir también de la mala conciencia.
-El silencio quema demasiado, ¿verdad? Siempre es mejor dejar caer tu parte racional. Rodeándolo todo de brillantes respuestas parece que eres más fuerte, sí. Pero, ¿lo eres realmente?
-Sí, ya sé que no siempre es una cuestión de conciencia. No olvido que crees que es algo que tienes que hacer. También oigo esa voz interior -muy íntima- que te incita a veces a decir, a no callar, con una convicción que convierte cualquier cosa en la más importante del mundo.
No me gusta cerrar ventanas, puertas, teléfonos, gatos/teléfonos, ojos ni oídos porque siento (lo que pienso es diferente) que siempre hay algo más, que la comunicación nunca se termina del todo.
-Chasquito patada patada.
Los canales por los que fluyen los mensajes son, creo, como los dibujos. De ellos dicen que no se terminan nunca, que el dibujante decide cuando deja caer el lápiz pero en realidad siempre hay algo más que podría continuar dibujando.
-Los suspiros son palabras que se quedaron atrapadas por falta de fuerzas, de tiempo y de ganas. O sentimientos sin palabras o silencios que no saben ser callados.
Ayer comprendí del todo a qué sabe el aire de matadero. Huele a superficial, a olvidado, a pasar un rato como cualquier otro, a no tener expectativas, a no vibrar con cada letra, a indiferencia mientras un piano canta a treinta y tres mosquitos patilargos de distancia.
-Y en realidad los que bailamos en esta actuación surrealista e intrascendente sabemos que todo esto no va a cambiar nada.
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